Por Redacción

Era el día 30 de junio del año 2018 cuando por mi cabeza rondaban las dudas acerca de la, ya muy próxima, votación presidencial. La importancia de un cambio verdadero era la vela de esperanza que para mi, en ese momento al menos, era suficiente para ignorar las banderas rojas de Morena, pero después de un sexenio entero y un inicio turbulento de otro, la culpa se ha afianzado en mi conciencia.

Para las elecciones de 2018 Andres Manuel Lopez Obrador cambió inteligentemente su discurso comparado con las elecciones anteriores, su nueva estrategia donde la violencia se combatiría con abrazos, desató por la época muchas críticas y burlas, pero para mi y más de 30 millones de habitantes fue tal vez lo que queríamos escuchar. Y no es el hecho de no intentar combatir el crimen (que supuestamente antes si se combatía) si no la intención de hacer las cosas diferentes, pero tras estos años sólo resultó ser una gran farsa.

Lopez Obrador y su séquito resultó ser igual o peor que todos los políticos que habían pasado por la silla presidencial, y es que al escuchar de una acción diferente contra el crimen, esperaba todo menos una inacción total, que fue lo que él y su gabinete entregaron al acabar su ciclo.

Morena logró algo que hasta mis 34 años nunca había visto en este país, una polimerización total en la nación, donde las acusaciones de un lado a otro son el pan de cada día. Y es que AMLO logró crear la tormenta perfecta para tomar el país, un discurso diferente, dinero a los pobres, mentiras convertidas en verdades y un sin fin de promesas que nunca tenían la intención verdadera de ser cumplidas.

A pesar de la culpa de haberme decantado por votar esa noche, queda claro que si los gobiernos como el suyo llegan al poder no es por una gran propaganda mediática o una increíble personalidad del candidato, si no por el hartazgo generacional que termina por hundir un país que sin merecerlo se encuentra más perdido que antes.

Los políticos se ven beneficiados por el cansancio y la ignorancia de los ciudadanos, pero eso no les da el derecho de llevar a la nación a una espiral ideológica, donde sólo los que piensen como ellos tendrán voz y voto.

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